martes, 13 de septiembre de 2011

NERVIOS

Pensé volver a mirar la hora en aquella diminuta pantalla digitalizada perteneciente a mi teléfono móvil. Hubiera deseado tener una de esas antiguallas para honrar esa clase de momentos; aquellos olvidados relojes de bolsillo que hubieran marcado con la característica imprecisión de agujas y tuercas los minutos más inolvidables de mi vida de estudiante en plenas vacaciones de Julio. Levanté la mirada de aquel pequeño ejemplo de la rapidez con la que se desarrollan las tecnologías y me quede fijamente observando a través del espejo la blancura de mi atuendo. Me quedé absorta siguiendo las líneas que se dibujaban sobre la tela formando infinidad de arrugas, algunas iban hacia abajo… Otras hacia arriba, hasta que el reflejo de mi mirada me hizo recordar que a pesar del gesto no había llegado a comprobar la hora exacta. Por la cantidad de luz que podía notarse a través del cristal de la ventana debían ser las siete, más solo tenía que pulsar el botón de mi celular y volver a mirar; Esta vez con la concentración necesaria como para poder asimilar la información. Quince minutos retrasaron mi vaticinio. Llegué a la conclusión de que me sentía algo abstraída y conocía la razón. Eran nervios. Me pregunté por última vez antes de encaminarme hacia la Estación de Muelle Heredia si realmente merecía la pena intentarlo. Probablemente no.

La lógica nunca fue mi punto fuerte. Me encontré al cabo de unos minutos sentada en uno de los afelpados asientos del Ciento sesenta jugueteando con el teclado, decidiendo marcar su número o no. Seis… Siete… Cero… No. Mejor será que no.

Mitad de trayecto. Me comportaba como si aún tuviera que tomar una decisión. La realidad es injusta; Yo ya estaba en aquel asiento; Bastante confortable para tratarse de un vehículo público en el cual se viaja rodeada de gente mayor luciendo cabelleras blancas. Sentí un cosquilleo entre las piernas al pensar de nuevo en la llamada… Seis, siete, cero… Quizás quiera dejarme las canas cuando sea mayor. Tan solo tengo que mirar a mi alrededor para darme cuenta de que hay gente a la que le sienta bastante mejor de lo que una se puede llegar a… “¡Eyh!… Si, vuelvo a ser yo. Estoy en camino. ¿Dónde tengo que bajarme?”

Compruebo a través de la ventana mi ubicación. Me consume el impulso, pues tan solo queda una parada más (Siempre y cuando alguien decida subirse o bajarse) y tras esta tendrá lugar el fin de mi trayectoria. Me empiezan a atacarlos nervios. Se trata de mi destino; La cala del moral. Cualquiera podría creer que es la primera vez que visito este lugar, pero no. Me intento tranquilizar haciéndome a la idea de que sólo son nervios. Pienso en mi imagen actual, con mis vaqueros desgastados, mi top blanco y mis complementos cuidadosamente elegidos al azar. Y pensar que hace nada pensaba en dejarme canas... Empieza a frenar. Nervios. Me tengo que levantar de mi asiento; Aquí, delante de todos estos ancianos. Nervios. ¿Me estará observando alguien? ¿Se darán cuenta de que tiemblo? Nervios. Debo bajar del autobús. Nervios. Creo… Creo… Creo que me voy a desmayar…

Sigo en pie y bastante compuesta, salvo que ahora estoy fuera del autobús y veo cómo este arranca de nuevo abandonadme a mi suerte en la solitaria parada. Aquí no hay nadie. Ni si quiera los ancianos han bajado para hacerme hacen compañía. Alguno podría haberme perseguido como si se tratara de carne fresca. ¿Y éste hombre? ¿Dónde está?

Durante medio minuto mi mente se ha disipado dejándome un enorme vacío blanco en el interior del cráneo. Despierto de este incierto sueño mirándome los pies y sacando el teléfono móvil de mi bolsillo izquierdo. Antes de marcar cualquier tecla y provocar la iluminación de la pantalla que tan bien logra captar mi atención lanzo una última mirada a mis alrededores. Izquierda; Por donde he llegado. Derecha; Por donde ha desaparecido el autobús, y la acera de Enfrente, que se comunica con mi ubicación a través de un paso de peatones por el cual de vez en cuando circula algún tipo de ente terrestre.

Me pregunto si el marcar de nuevo su número puede dar de mí la imagen de una persona impaciente. Por el contrario, podría llamar tan solo para preguntar a dónde debo dirigirme. Observo como esos hombrecillos de los semáforos se intercalan de vez en cuando, el hombre verde de piernas abiertas, contra el señor rojo de hombros anchos. Uno u otro, pero nunca los dos a la vez. Nervios. Como intentar que dos personas que han quedado lleguen a la vez. Uno ha de ser el primero y el otro admitirá el último puesto. Uno u otro, pero nunca los dos a la vez.

Ahí está. Ha llegado por la acera de enfrente y me espera al otro lado de la calzada. Nervios. Semáforo en rojo. Mientras tanto, sonríe bonita… Pero no tanto, que pareces lerda. Nervios. El semáforo continúa en rojo, ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Tan solo cinco segundos? Nervios. Es él y también te ha reconocido a tí. Nervios. Creo… Creo… Creo que me voy a desmayar…

Carmen Allepuz Martín

No se desmayó. Ni en aquel momento ni en ningún otro hasta la fecha.

miércoles, 31 de agosto de 2011

CAPICÚO

La tecla de llamada pulsada. Tú a mi otro lado de la calzada. El TIC de un reloj que proviene de tú derecha junto al pestañeo de mi propia mirada. Un muñeco luminoso rojo se muestra estático en el semáforo. Esas rayas blancas intercaladas en la calzada. El sonido de los motores invadiendo la calle…

Silencio. El mundo cambia.

… Un nuevo sonido invade la calle, son pisadas de los peatones en esas rayas negras intercaladas en la calzada. Un muñeco luminoso verde simula andar en el semáforo. Se vislumbra el pestañeo de tú mirada a la par del TAC de un reloj que se sitúa a mi izquierda. Yo a tu otro lado de la calzada. Rápidamente cancelar la llamada.

Carmen Allepuz Martín

No es más que la espera de dos personas que se citan en un semáforo. La vida cambia. Al amanecer no se conocían y al caer la noche ya se amaban.Me despido como siempre con Besitos de colores, para los pocos que leyeron.

martes, 2 de noviembre de 2010

FOLLARSE A LAS MENTES

"¿Que de qué sexo sea? En realidad me da igual, es lo que menos me importa. Me puede gustar un hombre tanto como una mujer. El placer no está en follar, es igual que con las drogas. A mi no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda. Bueno... no es que no me atraigan...¡Claro que me atraen! ¡Me encantan! Pero... no me seducen... Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve y que vale la pena conocer... Conocer, o ser, dominar a la mirada, la mente Hache.
Yo hago el amor con las mentes, ¡Hay que follarse a las mentes!"



Dante - Martín Hache

Aveces una mente se te adelanta a expresar lo que uno desearía, y aunque se haga con otro estilo y utilizando diferentes palabras, el mensaje es el mismo. He aquí parte de un diálogo de la película Martín Hache. Película que recomiendo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

SILHOUETTE

Resulta imposible conciliar el sueño con ésta lluvia golpeando sobre los ennegrecidos cristales de la ventana. ¿Qué hora es? Las cuatro. Tan solo hace dos horas que volvimos de aquella descorazonadora celebración de bodas.

Aquel al que amo duerme apaciblemente a escasos milímetros de mi rostro, aún así, la oscuridad me impide verlo. Realizo el esfuerzo de levantarme sin despertarlo, aunque debido a los grados de alcohol sumados con el cansancio que arrastra todo su ser dudo que aún siendo brusca pueda perturbar su reposo.

Me desenvuelvo de las sábanas que nos cubren y trato de arropar su cuerpo con sumo cuidado. Busco a tientas en el suelo entre nuestras prendas el abrigo de cuero aún mojado. No lo encuentro, quizás deba encender el flexo.

Mi respiración se ve entrecortada al escuchar el “crack” generado por el muelle de la cama. Tranquila, sigue durmiendo. Para mi sorpresa en el suelo solo encuentro mi vestido y los pantalones de su traje de chaqueta. Mi abrigo no. Mi abrigo ocupa su lugar en el perchero.

Descalza y en ropa interior recorro con sigilo, a oscuras todo el pasillo. Parece increíble que no sienta la humedad calándose en mis huesos durante ésta tormentosa noche de Septiembre dónde el tiempo decidió cambiar repentinamente. Saco del bolsillo interno aquella cajetilla de puritos un tanto arrugada a la cual nos convidaron durante el banquete. Un presente para celebrarlo ¿No? Vaya una forma de matarnos.

Me acomodo en el sillón de la salita y situando el cenicero sobre mi regazo trato de encender el primero de aquellos gruesos cigarros. El mechero no funciona, debía suponerlo. Por suerte encuentro otro a mano sobre la mesilla. Enciendo con facilidad el puro y aspiro aquel veneno.

Inclino mi cuerpo lo suficiente como para visualizar a través de las numerosas puertas abiertas mi dormitorio, en él, sobre la cama, bajo las sábanas, el cuerpo de mi ángel (Borracho, pero ángel al fin y al cabo) descansando. La luz de un rayo desvía mi atención hacia la ventana, pocos segundos después se manifiesta su sonido. Vaya una noche tronada.

Expulso suavemente todo el humo de mi garganta creando psicodélicas formas grises en el aire. Imagino que se tratan de pensamientos. Deben de ser tan difusos. Medito sobre mis deseos. Tan solo existen dos respuestas a aquella cuestión que me lleva horas rondando la cabeza. El problema es que son extremadamente opuestas. Juego a intentar ver ambas en consonancia.

Supongamos que una respuesta es representada por el habano que sujeto en mi mano. Supongamos que la otra alternativa es el gotelé de la pared que hay justo detrás de éste. Intento enfocar con mis ojos ambas cosas a la vez. O se trata de un hecho imposible o el sueño ha decidido acompañarme a estas alturas de la madrugada. Quizás deba probar mañana.

Parece ser que la lluvia ha cesado. Todo hubiera quedado en silencio de no ser por el “Tic” de un interruptor. Proviene de mi dormitorio. Mi cuerpo de nuevo inclinado lo suficiente encuentra vislumbrar a través de las anteriormente mencionadas puertas la silueta a contra luz de quien, despierto se recorre el pasillo con la intención de llegar a mi encuentro.

Anhelo que no me mire. Pero tampoco hago nada por evitarlo. Tengo la piel amoratada por el frío y llevo toda la noche llorando. Horrible ¿Verdad? Sin embargo el se sitúa en mí, envolviéndome con sus brazos. Mmm… Qué desahogo. El amor hace milagros.

Carmen Allepuz Martín

No podía dormir anoche. Yo también tengo mis dudas... Hasta que logre resolverlas, me despediré siempre con Besitos de colores.

martes, 10 de agosto de 2010

DEL AMOR AL ODIO

Lo había odiado, me contó. No siempre lo había odiado, pero si todo el tiempo que supuestamente él había tenido que amarlo, cuando aquel tiempo había sido muchísimo más corto en comparación con lo que él realmente había amado en silencio durante años.

Lo había amado, creyendo que el tiempo lo cura todo e intentando no odiarlo hasta darse cuenta de su autoengaño. El tiempo no había logrado curar todo ese dolor sufrido en un pasado, y los buenos recuerdos no contrarrestaban los malos.

Carmen Allepuz Martín

La historia más sincera que he sentido... Concluirá en un futuro no muy lejano, hasta entonces... Besitos de colores.

lunes, 2 de agosto de 2010

DESEO DE LLUVIA

Hubiera deseado que lloviera aquel día, añoraba el olor del húmedo asfalto de aquellos viejos callejones. Los oscuros escaparates mostraban una escasa decoración un tanto lúgubre que alejaba al público cualquier idea de adentrarse en aquellos comercios.

Abrió el paraguas en seco y se paró frente a una pequeña boutique, Dentro estaba ella. La observó. Comprobó cada uno de sus gestos que delataban la espera de que algún cliente la mantuviera alejada de aquellos recuerdos tan recientes que debían rondar la cabeza a ambas.

Mordisqueaba su bolígrafo hasta desgastarlo. Adelantaba un paso con ánimo de realizar alguna acción y de nuevo se paraba en seco para seguir titubeando con el bolígrafo.

El Reloj. Creyó que su trabajo consistía en vigilar aquel enorme Reloj de bordes rojos, no fuera a ser que sus pequeñas manecillas lograran escapar de aquella barrera de cristal del mismo modo que ella deseaba escapar de la tienda.

Su atención al Reloj se vio interrumpida por el sonido de un paso de tacón junto a la puerta. Miró y no vio más que hojas caducas levitando a pocos centímetros del suelo. Tan solo tardó un segundo en reaccionar y andar hacia la puerta.

Se alejaba de aquel lugar a paso cada vez más lento debido a la carga de arrepentimiento que arrastraba con sus zapatos, a poco menos de diez metros escuchó el “tilín” de la campanilla de la boutique, y de aquella puerta abierta pareció surgir el aroma de sus cabellos.

Paró en seco y respiró hondo, quería recordar aquel olor al menos un par de horas antes de asegurarse que pasaría mucho tiempo antes de volver a respirar ese aire perfumado. Imaginó su cabello perfectamente recogido salvo su desastrado flequillo. Y de nuevo echó a andar por aquel imperfecto callejón negro.

Asomó la cabeza por la entrada de la boutique. El viento hizo batir un poco el flequillo sobre sus entristecidos ojos. Observó como una persona se alejaba adentrándose en lo más profundo de aquellas calles. Intentó intuir su figura a través de un enorme paraguas que cargaba sobre su hombro, más éste lo cubría tanto que ni a sabiendas de que era ella fue capaz de pronunciar su nombre.

Miró al cielo. No llovía, aunque hubiera deseado que lo hubiera hecho. Impulsó un último suspiro antes de recogerse con el “Tilín” de la entrada. Y apresurada, de nuevo dirigió su mirada hacia el Reloj no fuera a ser que algo hubiera cambiado. Sin pensar que un segundo más ya era todo un cambio.

Carmen Allepuz Martín

Distintas versiones en tercera persona. Les dejo de nuevo con Besitos de colores… ¡Hasta que la inspiración vuelva a mí!

miércoles, 30 de junio de 2010

QUE SEAS TU QUIEN ME LO CUENTE

Imaginé que te resultaría imprevisible mi llamada, siento haber actuado con tan poca precaución y tal descaro. Pero necesitaba que fueras tú quien me lo contara. Oír tu voz narrándome sobre nuestros encuentros, de cómo lo hacíamos hará un tiempo. De una batalla de miradas de la cual nos hicimos dueños. De tu mano deslizándose entre disimulados roces por mi cuerpo.

Me gustaría que me recordaras como fueron, pues yo apenas puedo, tus besos. Aquellos que comenzaban con hambre de deseo. Saboreando mis labios entre suaves mordiscos y con ariscos gestos sujetar mi boca a medio abrir con tus dedos.

Quizás puedas describirme el sentimiento producido una vez que te abalanzabas sobre mí, cuando agarrabas mi pelo enredado en tu mano, evitando que me incorporase para provocar tu cuello. Cómo insistías con dichos actos que tú eras el amo y yo tan solo esclava de placeres de uno de tus juegos.

Realmente necesito que me expliques como yo te desnudaba con mis manos y tú con la mirada. También tú recordarás aquella pausa. Pausados para admirar el primer premio de una aventura que no había hecho más que comenzar. Ver mi cuerpo desnudo frente al tuyo. Yo tan ridículamente nerviosa y tú tan poderoso resultabas imposible de alcanzar.

Relátame de tus intenciones, cuando en mis intentos de acercar mi mano hacia tu miembro, con una ligera manotada la apartabas para ser tú el creador de placeres frotando fuertemente mi sexo haciéndome ahogar entre jadeos. Provocabas necesitad de sentir tu miembro cuando me advertías de su llegada introduciendo a su debido tiempo uno, dos y hasta tres dedos.

Me gustaría ver una vez más esa sonrisa dibujada en tu cara cuando por descuido bajabas la mirada. Tus incrédulos ojos posados sobre mi pecho y la necesidad de tu mano convertida en garra de asegurarse que aquella visión no era un espejismo, sino un hecho cierto.

Y corrígeme si me equivoco, pero creo recordar que también tus primeros impulsos para sentirte todo en mí, esos pausados pero constantes empujones contra mis adentros me producían simpáticas sonrisas de satisfacción. Y hacíamos el amor riendo.

Enumérame las veces que me hiciste tocar el cielo. Al menos aquella noche sobre la arena y te enumeraré cada una de las veces que perdí el aliento mirando las estrellas. Y llegaron. Mis primeros gemidos de placer supremo. Tú en silencio como siempre y mi impaciente boca dejando escapar lujuriosas soeces que no hubieran sido confesadas de haber pasado por mi mente.

Recuerda y hazme recordar la rabia que agarraba si con tu lengua recorrías parte de mis senos y descendías por mi vientre en busca de lo que no permitía que probaras. Entonces sumisa se convertía en ama. Y obligándote a intercambiar papeles te tumbaba mirada fijada en el techo mientras era yo quien te saboreaba. Mi lengua más curiosa que yo misma quería conocerla al pie de la letra. Y aunque curiosamente haya olvidado cómo era, recuerdo que me gustaba recorrerte a lametones de arriba abajo y viceversa, atragantarme de ti apretando con mis húmedos labios y mi endurecida lengua. Hasta descender y sentir su calidez mientras entra. Tu silencio interrumpido por un inevitable suspiro. Creo recordar que te encantaba que te la comiera.

Deberías contarme también sobre aquellas veces que una vez liberada de aquella etiqueta cargada de miedos me incorporaba para bajar en el mismo momento de sentir como nuestros sexos se conectaban. Me encantaba subir y descender lentamente o cabalgarte con todas mis ganas. Entonces un conjunto de movimientos se repetían de manera que se escucharan tus suspiros adquiriendo una gravedad entrecortada.

¿Sabes? Destrozabas mi sexo cuando una vez te sentía fuera me agarrabas para darme la vuelta y volver a mí desde atrás. Tú al límite y yo al borde de repetir una vez más. Mis agudos gemidos convertidos en auténticos gritos. Y en plena embestida producirme el deseo de que terminaras dentro. Tú al límite y yo repitiendo. Llegábamos a un punto en el que no teníamos porqué contenernos y tras últimos esfuerzos terminar recuperando el aliento a caladas en el suelo.

Gracias. De verdad necesitaba que fueras tú quien me hablara de estos recuerdos. Siento haber llamado ahora que se que estás con ella. Pero ya sabes cómo soy. Necesitaba hacerlo.

Carmen Allepuz Martín